Villette

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Después de rezar mis oraciones, cuando me desvestí y me acosté en la cama, sentí que aún tenía amigos. No unos amigos que me profesaran un cariño desbordante, ni que me ofrecieran el tierno consuelo de una relación estrecha y llena de afinidad; pero sí unos amigos a los que, por ese motivo, se podía pedir un poco de afecto sin esperar demasiado. Amigos, por otra parte, que conmovían de forma instintiva mi corazón y despertaban en él una incómoda gratitud que no tardé en pedir a la Razón que reprimiese.

«No dejes que piense mucho en ellos, ni demasiado a menudo, ni con adoración —imploré—; deja que me conforme con un pequeño trago de esta corriente de vida: no dejes que corra sedienta y me acerque impetuosa a sus acogedoras aguas; no dejes que imagine su sabor más dulce que el de los manantiales que brotan de la tierra. ¡Oh! ¡Maldita sea! ¡Ojalá pueda contentarme con una relación esporádica y cordial! Poco frecuente, transitoria, nada absorbente y tranquila, ¡muy tranquila!».

Repitiendo sin cesar estas palabras, escondí el rostro en la almohada y la empapé de lágrimas.



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