Villette
Villette Durante los primeros dÃas de mi estancia en La Terrasse, Graham nunca se sentó a mi lado ni, en sus frecuentes paseos por la estancia, se acercó donde yo estaba o pareció más serio y preocupado de lo habitual; pero yo pensaba en la señorita Fanshawe y esperé que sus labios pronunciaran ese nombre. Mi cabeza y mis oÃdos estaban siempre preparados para tan delicado tema; mi paciencia recibió la orden de no bajar nunca la guardia, y mi comprensión deseó llenar su cornucopia para poder derramarla en caso de necesidad. Por fin, cierto dÃa, después de una breve lucha interior que percibà y respeté, Graham se decidió a hablar. Empezó a hacerlo con mucha discreción, como si apenas le importara.
—He oÃdo decir que su amiga pasa las vacaciones viajando, ¿no es asÃ?
«¡Mi amiga!», pensé; pero no quise contradecirle. TenÃa que dejarle obrar a su manera; tenÃa que aceptar tan necia acusación; dejarÃa que fuera mi amiga. Sin embargo, a modo de experimento, no pude evitar preguntarle a quién se referÃa.
—Ginevra… la señorita Fanshawe, ¿no ha acompañado a los Cholmondeley en un recorrido por el sur de Francia?
—En efecto.
—¿Se escriben ustedes?
