Villette

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Cuando terminó el concierto, se celebró una rifa au bénéfice des pauvres. El intervalo entre ambos fue de esparcimiento general, y de un movimiento y un bullicio de lo más amenos. La blanca bandada abandonó el escenario; una multitud de ajetreados caballeros lo invadió, a fin de preparar el sorteo. Y, entre ellos —el más ajetreado de todos—, reapareció cierta figura bien conocida, menuda pero activa, con la vitalidad y la energía de tres hombres altos. ¡Cómo trabajaba monsieur Paul! ¡Cómo daba órdenes y, al mismo tiempo, arrimaba el hombro! Media docena de ayudantes estaban a su disposición para quitar los pianos y esa clase de tareas; pero daba lo mismo: él tenía que sumar su fuerza a la de ellos. Su celo desmesurado resultaba algo irritante, algo ridículo: no pude sino ver mal todo aquel revuelo y reírme de él. Pero, en medio de los prejuicios y de la irritación, percibí, mientras le observaba, cierta encantadora naïveté en todas sus acciones y palabras; tampoco podía estar ciega a algunos vigorosos rasgos de su fisonomía, que ahora llamaban la atención por su contraste con aquella aglomeración de rostros sumisos: la profundidad e intensa agudeza de sus ojos, la energía de su frente pálida y despejada, la expresividad de su boca. Le faltaba la serenidad de la fuerza, pero no hay duda de que poseía su dinamismo y su fuego.



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