Villette
Villette Sólo faltaban tres dÃas para mi regreso al pensionnat. Casi contaba en el reloj los segundos de aquellos dÃas; de buena gana habrÃa retrasado su vuelo; pero ellos pasaban silenciosamente mientras yo los observaba: cuando ya se habÃan ido, seguÃa aterrándome su marcha.
—Lucy no nos dejará hoy —dijo, cariñosamente, la señora Bretton en el desayuno.
—No pedirÃa un dÃa más de vacaciones aunque supiera que iban a concedérmelo —respond×. ¡Ojalá me hubiera despedido ya y estuviera instalada en la rue Fossette! Debo irme esta mañana… cuanto antes; mi baúl está listo.
Resultó, sin embargo, que mi marcha dependÃa de Graham; habÃa quedado en acompañarme, pero aquel dÃa tuvo tantas visitas que no regresó a casa hasta el atardecer. Eso dio lugar a una pequeña discusión. La señora Bretton y su hijo insistieron en que me quedara una noche más. Me habrÃa echado a llorar, ¡estaba tan impaciente por irme! Deseaba separarme de ellos con la misma intensidad que el condenado a muerte desea que caiga el hacha en el patÃbulo: es decir, anhelaba el fin de mi sufrimiento. Ellos no podÃan entenderlo. En situaciones asÃ, desconocÃan mi estado de ánimo.
