Villette
Villette A partir de ese día, a mi vida no le faltó variedad; salía mucho, con el total consentimiento de madame Beck, que aprobaba el nivel social de mis amistades. Aquella encomiable directora me había tratado siempre con respeto, y, cuando descubrió que yo era invitada con frecuencia a un château o a una mansión, el respeto aumentó y se convirtió en distinción.
No es que se mostrara servil u obsequiosa: madame, una mujer de mundo, jamás mostraba debilidad; había en ella medida y sensatez cuando perseguía con la mayor vehemencia sus propios intereses, calma y consideración cuando una presa caía en sus garras; sin exponerse a mi desdén por oportunista y aduladora, me hizo saber con mucho tacto que le gustaba que las personas relacionadas con su establecimiento frecuentaran esa clase de amistades que perfeccionan y elevan, y no aquéllas que perjudican y degradan. Nunca nos elogiaba a mí o a mis amigos; sólo lo hizo una vez en que, sentada al sol en el jardín, con una taza de café al lado y la Gazette en las manos, con aire de estar en la gloria, yo me acerqué a ella para pedirle que me permitiera salir por la tarde; me contestó con enorme gentileza:
