Villette
Villette Al abandonar Bretton, unas semanas después de la partida de Paulina —sin imaginar que nunca volvería a visitarlo, ni a pasear por sus viejas y tranquilas calles—, me dirigí a casa tras una ausencia de seis meses. Cualquiera supondrá que me alegraba de volver al seno familiar. Bueno… como esta amable conjetura no hace daño a nadie, tal vez no sea necesario desmentirla. Lo cierto es que, lejos de negarlo, permitiré que el lector me imagine, durante los ocho años siguientes, como una barca dormitando en medio de una idílica bonanza, en un puerto de aguas apacibles y cristalinas, con el timonel tendido en la pequeña cubierta, el rostro vuelto hacia el cielo y los ojos cerrados: sumido, por así decirlo, en una larga plegaria. Se supone que un gran número de mujeres y jovencitas pasan la vida de esa manera, ¿por qué no incluirme a mí?
