Villette
Villette No creo que los asistentes fueran en general susceptibles de compartir la pureza de su llama, pero algunos jóvenes estudiantes se enardecieron cuando él les explicó con elocuencia el camino que debían seguir por el bien de su país y de Europa. Cuando terminó su discurso, le dedicaron una larga, clamorosa y atronadora ovación: a pesar de su ferocidad, era su profesor favorito.
Cuando nuestro grupo abandonó la sala, monsieur Paul se hallaba en la entrada; en seguida me reconoció, y se quitó el sombrero; al pasar a su lado, me tendió la mano diciendo:
—Qu’en dites-vous[248]?