Villette
Villette Monsieur Paul Emanuel era especialmente sensible a que interrumpieran sus clases, fuera cual fuera el motivo: entrar en un aula en tales circunstancias significaba para las profesoras y alumnas del colegio, individual o colectivamente, algo así como arriesgar la vida.
La propia madame Beck, si se veía obligada a hacerlo, se deslizaba por la clase, recogiéndose la falda, y rodeaba cautelosamente el imponente estrado, como un barco temeroso de los rompientes. En cuanto a Rosine, la portera —sobre la que cada media hora recaía el espantoso deber de ir a buscar a las alumnas que había en las distintas aulas para que fueran a clase de música en el oratorio, las salas grande o pequeña, o cualquier otro lugar donde hubiera un piano—, después de un segundo o tercer intento, su consternación era tan grande que con frecuencia no le salían las palabras; un sentimiento inspirado por las indescriptibles miradas que le lanzaban cual dardos a través de un par de gafas.
