Villette
Villette La primavera avanzaba, y el tiempo se volvió súbitamente caluroso. Con el cambio de temperatura, mis fuerzas, y supongo que las de muchos otros, se vieron disminuidas. Cualquier esfuerzo me dejaba agotada; noches en vela iban seguidas de lánguidos días.
Un domingo por la tarde, después de caminar media legua para acudir a la iglesia protestante, regresé maltrecha y agotada; y, refugiándome en la clase de primero, mi solitario santuario, me alegré de poder sentarme y de convertir mi mesa en una almohada para los brazos y la cabeza.
Durante un rato, escuché el arrullo de las abejas zumbando en el berceau; y contemplé, a través de la puerta acristalada y del tierno y poco frondoso follaje primaveral, a madame Beck y un animado grupo de amigos —a los que había invitado a almorzar después de misa—, paseando por el sendero central, bajo las ramas de los frutales en flor, de un colorido tan blanco y tan puro como la nieve de las montañas al amanecer.
