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Capítulo XXXIV   - Malévola

Madame Beck me llamó el jueves por la tarde y me preguntó si tenía alguna ocupación que me impidiera ir a la ciudad para hacerle unos recados.

Como estaba libre, me puse a su disposición; y en seguida me entregó una lista con las lanas, sedas, hilos de bordar, etcétera, que necesitaba para las labores de las alumnas. Después de equiparme como procedía para un día nublado y bochornoso que amenazaba tormenta, estaba descorriendo el cerrojo de la puerta para salir cuando madame me pidió que volviera a la salle à manger.

Pardon, meess Lucie —exclamó, con lo que parecía la urgencia de una idea repentina—, acabo de recordar que tengo otro encargo para usted, si es tan amable de no considerarlo excesivo.

Como es natural, insistí en todo lo contrario; y madame corrió a la sala pequeña y me trajo una hermosa cesta repleta de delicados frutos de invernadero, sonrosados, perfectos y tentadores, sobre un lecho de hojas verdinegras, tan brillantes como la cera, y de estrellas doradas de no sé qué exótica planta.


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