Villette
Villette —Que me voulez-vous[340]? —exclamó con una voz ronca, más propia de un hombre mayor que de una anciana; y lo cierto es que en su barbilla crecÃa una barba plateada.
Entregué mi cesta y mi mensaje.
—¿Nada más? —inquirió.
—Nada más —repuse.
—Sinceramente, no merecÃa la pena —señaló—. Regrese con madame Beck y dÃgale que puedo comprar fruta cuando quiero, et quant à ses félicitations, je m’en moque[341]!
Y aquella dama tan cortés me dio la espalda.
En el instante en que se volvÃa, retumbó un trueno y un relámpago iluminó el salón y el boudoir[342]. El cuento de hadas parecÃa continuar debidamente acompañado por los elementos. El viajero, atraÃdo con engaños al castillo encantado, oÃa arreciar la tempestad que algún hechizo habÃa desatado.
Después de lo sucedido, ¿qué debÃa pensar de madame Beck? ConocÃa a gente muy extraña; ofrecÃa mensajes y regalos en un altar muy especial, y la grosera criatura que adoraba parecÃa serle adversa. Y aquella huraña Sidonia se marchó temblando y tambaleándose como la encarnación de la perlesÃa, golpeando el parquet de mosaicos con su bastón de marfil y refunfuñando malévolamente mientras desaparecÃa.