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Capítulo VI   - Londres

Al día siguiente era uno de marzo, y cuando me desperté, me levanté y descorrí la cortina, vi el sol naciente luchando con la niebla. Por encima de mi cabeza, sobre los tejados de las casas, casi a la altura de las nubes, divisé una masa imponente y esférica de color azul oscuro: LA CÚPULA. Mientras la contemplaba, sentí cómo me embargaba la emoción, y las alas de mi espíritu, siempre encadenadas, parecieron desplegarse casi libres; me invadió una extraña sensación, como si yo, que jamás había vivido de verdad, estuviera finalmente a punto de saborear la vida; aquella mañana, mi alma creció tan deprisa como la planta de ricino de Jonás[9].

«He hecho bien en venir —pensé, antes de vestirme con prontitud y esmero—. Me gusta la energía que rodea esta gran ciudad». ¿Quién sino un cobarde pasaría toda su vida en la aldea y abandonaría para siempre sus facultades en la voraz herrumbre de la oscuridad?

Una vez vestida, bajé sin el desaliño y el cansancio del viaje, fresca y aseada. Cuando el camarero me trajo el desayuno, logré dirigirme a él con aplomo y serenidad, pero en tono alegre; conversamos durante diez minutos, en los que llegamos a trabar un provechoso conocimiento mutuo.


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