Villette

Villette

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El adjetivo burdo, sin embargo, no está bien elegido. Lo que veo no es precisamente burdo. Se trata de una joven de Villette, una joven recién salida del pensionnat. Es muy bonita, con la belleza propia del país; parece bien alimentada, y es rubia y metida en carnes. Sus mejillas son redondas y sus ojos, bondadosos; tiene una abundante cabellera. Viste con elegancia. No está sola; le acompañan tres personas, dos de ellas ya ancianas; se dirige a ellas como mon oncle y ma tante[408]. Se ríe, conversa: alegre, rolliza, radiante, la joven es, en todos los sentidos, la típica bourgeoise belle[409].

Hemos contemplado a la beldad de Villette; hemos echado una ojeada a los ancianos y respetables tíos. ¿Nos queda alguna mirada para el tercer miembro del grupo? ¿Podemos dedicarle un momento de atención? Deberíamos tener esa deferencia con él, lector; está en su derecho a exigírnosla; no es la primera vez que lo vemos. Junté las manos con fuerza y respiré hondo; contuve un grito, reprimí una exclamación, dominé el asombro, hablé y me moví como si fuera una piedra; pero sabía lo que miraba; a través del velo que habían dejado en mis ojos las lágrimas de muchas noches, lo reconocí. Dijeron que embarcaría en el Antigua. Madame Beck lo confirmó. Mintió o nos contó algo que había sido cierto, pero que nunca contradijo cuando dejó de ser verdad. El Antigua había zarpado, y allí estaba Paul Emanuel.


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