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Mi vieja y querida Tim (diminutivo de Timon): Como ve, me he marchado… rápida como una flecha. Alfred y yo teníamos la intención de casarnos así casi desde el principio; nunca quisimos que nuestra boda fuera tan aburrida como la que celebran los demás; Alfred es demasiado original para eso, y yo también, Dieu merci[414]! ¿Sabe que Alfred, que se refería a usted como «el dragón», la ha visto tantas veces en los últimos meses que empieza a encariñarse con usted? Espera que no le eche de menos ahora que se ha ido; desea pedirle disculpas por cualquier pequeña molestia que haya podido causarle. Teme haberla importunado bastante en una ocasión en que se tropezó con usted en el grenier, justo cuando leía una carta que parecía muy interesante; pero no pudo resistir la tentación de darle un susto, ¡estaba usted tan absorta! En revanche[415], dice que en una ocasión fue usted quien le asustó a él, cuando entró a buscar un vestido, un chal u otro chiffon[416] en el instante en que había encendido un fósforo y se disponía a fumar tranquilamente su cigarro mientras me esperaba. ¿Empieza a comprender ya que monsieur le comte de Hamal era la monja del ático que venía a visitar a ésta su humilde servidora? Le contaré cómo se las ingeniaba para hacerlo. Como sabe, podía entrar libremente en el Athénée, donde estudian dos o tres de sus sobrinos, los hijos de su hermana mayor, madame de Melcy. El patio del Athénée está al otro lado del muro que bordea su camino, l’allée défendue. Alfred sabe trepar con la misma destreza con que baila o practica la esgrima; le divertía escalar hasta nuestro pensionnat: primero subía al muro, y después, con la ayuda de ese gigantesco árbol que da sombra al grand berceau, y que apoya algunas de sus ramas en el tejado de la parte baja del edificio, se las arreglaba para entrar en la clase de primero y en la grande salle. Una noche se cayó del árbol, dicho sea de paso, rompió unas ramas y estuvo a punto de romperse el pescuezo; mientras huía, se llevó un susto terrible, pues faltó muy poco para que le cogieran dos personas, madame Beck y monsieur Emanuel —según cree—, que paseaban por el sendero. Desde la grande salle no es difícil el ascenso hasta la parte más alta del tejado, que termina en el desván. La claraboya, como sabe, está siempre medio abierta para ventilar el grenier; por allí entraba. Hace casi un año le conté por casualidad la leyenda de la monja, y se le ocurrió la romántica idea de disfrazarse de espectro; estará de acuerdo conmigo en que llevó a cabo su plan con mucha inteligencia. De no haber sido por el hábito negro y el velo blanco, tanto usted como ese tigre jesuita, monsieur Paul, le habrían descubierto varias veces. Dice Alfred que los dos están especialmente dotados para ver fantasmas, y que son muy valientes. A mí me maravilla más su reserva que su coraje. ¿Cómo pudo soportar, una y otra vez, las apariciones de aquel espectro de elevada estatura sin gritar, sin contárselo a nadie, y sin despertar a todo el pensionnat y al vecindario? ¡Ah! Y ¿qué le pareció la monja como compañera de cama? Yo la vestí. ¿Acaso no lo hice bien? ¿Chilló usted al verla? Yo habría perdido el juicio; pero ¡tiene usted unos nervios de acero! Estoy segura de que no siente nada. No tiene la misma sensibilidad que una persona de mi constitución. Parece usted insensible al dolor, al miedo y al sufrimiento. ¡Es usted un auténtico Diógenes! Pues bien, querida abuela, ¿no está usted terriblemente enfadada por mi huida a la luz de la luna para contraer matrimonio? Le aseguro que fue de lo más divertido, y lo hice en parte para fastidiar a la descarada de Paulina y al oso del doctor John; para enseñarles que, a pesar de sus aires de superioridad, yo podía casarme igual que ellos. Monsieur de Bassompierre al principio, por extraño que parezca, estaba furioso con Alfred; amenazó con denunciarlo por détournement de mineur[417], y no sé qué más; lo decía tan en serio que me vi obligada a hacer un poco de melodrama: arrodillarme, sollozar, llorar, empapar tres pañuelos. Como es natural, mon oncle[418] cedió en seguida; ¿qué sentido tenía organizar un escándalo? Soy una mujer casada, y sanseacabó. Él sigue diciendo que nuestra boda no es legal, porque soy menor de edad. ¡Como si eso tuviera alguna importancia! Estoy tan casada como si tuviera cien años. Sin embargo, volveremos a contraer matrimonio, y tendré un ajuar, y la señora Cholmondeley se encargará de supervisarlo todo. Confiamos en que monsieur de Bassompierre me conceda una dote aceptable; sería muy conveniente para nosotros, pues mi querido Alfred no posee nada excepto su nobleza, innata y hereditaria, y su paga. Sólo deseo que mi tío haga las cosas sin imponer sus condiciones, con la generosidad de un caballero; es tan desagradable que sería capaz de supeditar la dote a una promesa escrita de Alfred de no volver a tocar los naipes y los dados desde el día en que nos entregue el dinero. Acusan a mi ángel de ser aficionado al juego: no sé nada de eso, sólo sé que es una criatura adorable. Nunca alabaré lo suficiente la genialidad con que Alfred de Hamal organizó nuestra huida. Cuánta inteligencia demostró al elegir la noche de la fête, cuando madame Beck (pues él conoce sus costumbres), como señaló, estaría indefectiblemente ausente en el concierto del parque. Supongo que usted debió de acompañarla. Vi cómo se levantaba y salía del dormitorio hacia las once. Por qué regresó sola y a pie, es algo sobre lo que no puedo hacer conjeturas. Estoy segura de que era usted la mujer que encontramos en la angosta y vieja rue St Jean. ¿Me vio agitar el pañuelo por la ventanilla del carruaje? ¡Adiós! Alégrese de mi buena suerte: deme la enhorabuena por mi suprema felicidad, y créame suya, querida cínica y misántropa, rebosante de salud y de alegría,


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