Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas A Catherine también le gustaba, pero dijo que sonaba mejor en lo alto de la escalera y subió a oscuras. La seguí. Cerraron la puerta de abajo, no notaron nuestra ausencia porque había mucha gente. No se quedó en lo alto de la escalera, sino que subió más arriba, al desván, donde Heathcliff estaba confinado, y le llamó. Él se negó tercamente a contestar durante un rato, ella insistió, y al fin le convenció para que se comunicara con ella a través de las tablas. Dejé a las pobres criaturas que conversaran tranquilos hasta que supuse que iban a cesar las canciones para que los cantantes tuvieran un refrigerio. Subí entonces por la escalera para avisarla. En vez de encontrarla fuera oí su voz dentro. La traviesa criatura había trepado por el tragaluz de un desván, por el tejado, al tragaluz del otro, y sólo con la mayor dificultad logré convencerla para que saliera. Cuando efectivamente salió, Heathcliff venía con ella e insistió en que me lo llevara a la cocina, puesto que mi compañero de servicio se había ido a la casa de un vecino para librarse de los sones de nuestra «salmodia del diablo», como gustaba de llamarla. Les advertí que no intentaba de ninguna manera alentar sus travesuras, pero como el prisionero no había roto el ayuno desde la cena del día anterior, por esa vez haría la vista gorda en su engaño al señor Hindley. Bajó, le puse un taburete junto al fuego y le ofrecí muchas cosas buenas, pero no se encontraba bien y comió poco y mis intentos de distraerle fueron rechazados. Apoyó los codos en las rodillas, el mentón entre las manos y permaneció sumido en silenciosa meditación. Al preguntarle por el objeto de sus pensamientos, contestó con seriedad: