Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas —Nelly —me dijo—, pronto tendremos en casa una investigación de la policÃa. Uno de ellos casi se corta un dedo impidiendo que el otro se degollara como un ternero. Asà es el amo, ya sabes, capaz de ir a los tribunales. No teme a los jueces, ni a Pablo, ni a Pedro, ni a ]uan, ni a Mateo, ni a ninguno, no, no él. Le gusta… está deseando poner ante ellos su rostro desvergonzado. Y esa buena pieza de Heathcliff, estate segura, es un pájaro raro. Es capaz como nadie de fingir una risa ante una broma diabólica. ¿Nunca dice nada de la buena vida que lleva entre nosotros cuando va a la Granja? Asà van las cosas: levantarse a la puesta de sol, dados, brandy, se cierran las contraventanas y a la luz de las velas hasta el dÃa siguiente al mediodÃa. Entonces el loco se va a su alcoba echando maldiciones y haciendo que la gente honrada se tape los oÃdos con los dedos de vergüenza, y el granuja puede contar su dinero, y comer y dormir y marcharse a charlar con la mujer del vecino. Por supuesto que le cuenta a la señora Catherine cómo el oro de su padre va a parar a su bolsillo, y cómo el hijo de su padre galopa por el camino ancho, mientras él va delante abriéndole las puertas de la ruina.
—Pues bien, señorita Linton, Joseph es un viejo bribón, pero no miente, y si su relato de la conducta de Heathcliff fuera cierto, usted no pensarÃa jamás en desear semejante marido, ¿verdad?