Cumbres Borrascosas

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—¿Supones que me voy a marchar con este golpe ardiéndome en la garganta? —atronó él—. ¡Por el diablo que no! ¡Le aplastaré las costillas, como a una avellana podrida, antes de cruzar el umbral! Si no le arrastro ahora por el suelo, le mataré alguna vez. Así que, como aprecias su vida, deja que me enfrente a él.

—No va a venir —intervine, mintiendo un poco—. Ahí están el cochero y los dos jardineros. Seguro que usted no esperará a que ellos le echen a la calle. Cada uno lleva un garrote, y lo más probable es que el amo vigile desde las ventanas de la salita para ver si cumplen sus órdenes.

Los jardineros y el cochero allí estaban, pero Linton estaba con ellos. Habían entrado ya en el patio. Heathcliff, pensándolo mejor, decidió evitar la lucha contra tres criados, cogió el atizador del fuego, hizo pedazos la cerradura de la puerta interior y escapó cuando los otros entraban.

La señora Linton, que estaba muy excitada, me pidió que la acompañara arriba. Desconocía ella mi contribución a aquel alboroto y yo estaba deseando mantenerla en la ignorancia.


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