Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas Mientras la señorita Linton andaba alicaída por el parque y el jardín, siempre silenciosa y casi siempre llorando, su hermano se encerraba entre libros que nunca abría… cansándose, supongo, con una continua y vaga esperanza de que Catherine, arrepentida de su conducta, volvería por propia iniciativa para pedir perdón y buscar una reconciliación… y ella se empeñaba en ayunar, con la idea, probablemente, de que a cada comida Edgar casi se atragantaría por su ausencia y que sólo el orgullo le impediría correr a postrarse a sus pies, yo continuaba con mis deberes domésticos convencida de que las paredes de la Granja sólo albergaban un alma sensata, y era la que se alojaba en mi cuerpo. No malgasté compasión hacia la señorita, ni objeciones a la señora, ni preste gran atención a los suspiros del amo que ardía en deseos de oír el nombre de su esposa, ya que no podía oír su voz. Decidí que ya se las arreglaran como quisieran y, aunque fue un proceso fatigoso y lento, empecé al fin a alegrarme con un débil despuntar de su avance, como creí al principio.
