Cumbres Borrascosas

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Al cruzar el jardín para salir al camino, en el lugar donde hay una argolla para las caballerías clavada en el muro vi algo blanco que se movía de manera rara, evidentemente no por la acción del viento. A pesar de la prisa, me detuve a mirarlo, a fin de que no me quedara impreso para siempre en la imaginación el convencimiento de que era un ser del otro mundo. Grandes fueron mi sorpresa y mi perplejidad al descubrir, más por el tacto que por la vista, a Fanny, el perrito de la señorita Isabella, colgado de un pañuelo y casi en su último aliento. Rápidamente libere al animal y lo levanté hasta el jardín. Lo había visto seguir a su ama arriba, cuando se fue a la cama y no me explicaba cómo había podido llegar allí y qué mala persona lo había tratado de esa forma. Mientras desataba el nudo de la argolla, me pareció oír, repetidamente, los cascos de un caballo galopando a cierta distancia. Pero tenía tantas cosas en la cabeza que apenas le presté atención, aunque era un ruido extraño, en aquel lugar, y a las dos de la mañana.

Por fortuna, el señor Kenneth salía justo de casa para ir a ver a un paciente en el pueblo en el momento que yo me acercaba por la calle. Mi relato de la enfermedad de Catherine Linton le indujo a acompañarme de vuelta inmediatamente. Era un hombre sencillo y rudo y no tuvo escrúpulos en expresar sus dudas de que sobreviviera a este segundo ataque, a no ser que fuera más obediente a sus instrucciones de lo que había sido antes.


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