Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas Dos meses estuvieron ausentes los fugitivos. En esos dos meses la señora Linton se enfrentó y venció el peor ataque de lo que llamaban fiebre cerebral. Ninguna madre pudo haber cuidado jamás a un hijo único con más devoción de la que Edgar desplegó con ella. La vigilaba día y noche y soportaba pacientemente todas las molestias que unos nervios irritados y una razón perturbada pueden infligir y, aunque Kenneth observó que lo que él había salvado de la tumba no recompensaría sus cuidados más que siendo una fuente de constante ansiedad futura —que, de hecho, estaba sacrificando su salud y fortaleza para salvar una mera ruina humana—, su gratitud y alegría no tuvieron límite cuando se declaró fuera de peligro la vida de Catherine. Pasaba hora tras hora sentado junto a ella observando el gradual retorno de la salud física y alimentando esperanzas demasiado optimistas con la ilusión de que su mente recobraría también el adecuado equilibrio y que pronto sería la misma de antes.
La primera vez que dejó la alcoba fue a principios del marzo siguiente. El señor Linton había puesto por la mañana un manojo de doradas flores de azafrán sobre su almohada. Sus ojos, tanto tiempo ajenos a cualquier destello de belleza, los vieron al despertar y brillaron de alegría al tiempo que los recogía entusiasmada.
