Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas —Ella los abandonó bajo una falsa ilusión —respondió—, imaginándose en mà a un héroe de novela y esperando ilimitadas concesiones de mi caballeresca devoción. Apenas si logro considerarla un ser racional, tan obstinadamente ha insistido en formarse una fabulosa idea de mi carácter y en obrar según las falsas ideas que acariciaba. Pero al fin creo que empieza a conocerme. Ya no observo aquellas estúpidas sonrisas y muecas que me irritaban al principio ni la absurda incapacidad para comprender que hablaba en serio cuando le di mi opinión sobre su encaprichamiento y sobre sà misma. Constituyó un magnÃfico esfuerzo de perspicacia el descubrir que no la amaba. Creà en algún momento que no habrÃa lecciones que le pudieran enseñar eso, y aún lo tiene mal aprendido, porque esta mañana anunció, como una pavorosa noticia, que, de hecho, habÃa conseguido que ella me odiara. ¡Un verdadero trabajo de Hércules, te aseguro! Si eso se consigue tendré que darle las gracias. ¿Puedo confiar en tu afirmación, Isabella? ¿Estás segura de que me odias? Si te dejo sola medio dÃa, ¿no volverás a venirme con suspiros y zalamerÃas? AsegurarÃa que preferirÃas que me hubiera mostrado todo ternura delante de ti. Presentar la verdad desnuda hiere su orgullo. Pero no me importa que se sepa que la pasión estaba sólo de una parte y nunca le mentà sobre eso. No me puede acusar de haberle mostrado la más mÃnima y engañadora ternura. Lo primero que me vio hacer al salir de la Granja fue colgar a su perrito y, cuando intercedió por él, las primeras palabras que proferà fueron mi deseo de ahorcar a todos los seres relacionados con ella excepto uno: posiblemente ella creyó ser esa excepción. Pero ninguna brutalidad le repugnaba. Supongo que tiene una innata admiración por ella, siempre que su preciosa persona esté a salvo de todo daño. Ahora bien, ¿no es el colmo de lo absurdo… de genuina idiotez, que esa despreciable, servil y ruin criatura soñara que yo podÃa amarla? Dile a tu amo, Nelly, que yo nunca, en toda mi vida, me he tropezado con un ser tan abyecto como ella. Hasta deshonra el nombre de los Linton. Alguna vez me ablandé, por pura falta de inventiva, en mis experimentos sobre lo que podÃa soportar, y aun asà seguÃa arrastrándose vergonzosamente para volver a mà de forma rastrera. Pero dile también para tranquilizar su corazón de hermano y de magistrado, que yo me mantengo estrictamente dentro de los lÃmites de la ley. He evitado, hasta ahora, darle el mÃnimo pretexto para pedir una separación y, lo que es más, ella no le agradecerÃa a nadie que nos separara. Si quisiera irse podrÃa hacerlo: ¡la incomodidad de soportar su presencia sobrepasa la satisfacción que se deriva de atormentarla!