Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas Linton le prodigó las caricias más tiernas y trató de alegrarla con las palabras más cariñosas, pero ella, mirando distraídamente las flores, dejó que las lágrimas se le agolparan en los ojos y que corrieran por sus mejillas sin hacerlas caso. Sabíamos que estaba realmente mejor. Por lo tanto, decidimos que la larga reclusión en un solo lugar era en gran medida la causa de su decaimiento y que podría desaparecer en parte con un cambio de escenario. El amo me mandó que encendiera fuego en la salita, abandonada durante tantas semanas, y que pusiera una butaca al sol junto a la ventana. Luego la bajó y estuvo sentada mucho rato disfrutando del agradable calor y, como esperábamos, reanimada por los objetos que la rodeaban que, aunque familiares, estaban libres de las tristes asociaciones que impregnaban su odiada alcoba de enferma. Por la tarde parecía muy cansada, pero no hubo forma de convencerla de que volviera a su habitación, y tuve que hacerle la cama en el sofá de la salita hasta que se pudiera preparar otra habitación. Para evitar el cansancio de subir y bajar las escaleras, acomodamos ésta donde usted está ahora, en el mismo piso que la salita, y pronto estuvo lo suficientemente fuerte para ir de la una a la otra apoyada en el brazo de Edgar. Ah, hasta yo misma pensé que quizá se recuperara dado lo bien cuidada que estaba. Y había un doble motivo para desearlo, porque de su vida dependía otra: acariciábamos la esperanza de que en breve el corazón del señor Linton se alegraría y sus tierras se librarían de garras ajenas gracias al nacimiento de un heredero.