Cumbres Borrascosas

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El entierro de la señora Linton se dispuso para el viernes siguiente a su fallecimiento y hasta entonces su ataúd permaneció en el gran salón, descubierto y tapizado de flores y hierbas aromáticas. Linton pasó allí los días y las noches, de guardián en vela, y —circunstancia ignorada por todos salvo por mí— Heathcliff pasaba, al menos las noches, afuera, igualmente ajeno al descanso. No me comunique con él, pero tenía presente su propósito de entrar en cuanto pudiera. Y el martes, poco después de anochecer, cuando mi amo, rendido por la fatiga, se vio obligado a retirarse un par de horas, fui y abrí una de las ventanas, conmovida por su perseverancia, para brindarle una oportunidad de dar el último adiós a la marchita imagen de su ídolo. No dejó de aprovecharla, cautelosa y brevemente, con tanta cautela que ni el más leve ruido delató su presencia. Ni yo hubiera descubierto que había estado allí a no ser por el desorden de los paños en torno al rostro del cadáver, y al observar en el suelo un rizo de cabellos rubios atado con un hilo de plata que, al examinarlo detenidamente, me cercioré de que lo había sacado del medallón que Catherine llevaba colgado al cuello. Heathcliff había abierto el dije y tirado su contenido, sustituyéndolo por un rizo negro suyo. Yo entrelacé los dos y los encerré juntos.



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