Cumbres Borrascosas

Cumbres Borrascosas

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—He venido corriendo todo el tiempo desde Cumbres Borrascosas —continuó tras una pausa—, salvo cuando he volado. No podría contar las veces que me he caído. ¡Oh, me duele todo! ¡No te alarmes! Te daré una explicación en cuanto pueda hacerlo. Sólo ten la bondad de salir a dar la orden de que el coche me lleve a Gimmerton y de decirle a una criada que saque unos vestidos de mi armario.

La intrusa era la señora Heathcliff. No estaba, ciertamente, en situación como para reírse. El pelo le caía por los hombros chorreando agua y nieve. Vestía el traje de soltera que llevaba de ordinario, más apropiado’ a su edad que a su posición: un vestido escotado, con mangas cortas, sin nada en la cabeza ni en el cuello. El vestido era de seda ligera que, con la humedad, se le pegaba al cuerpo, y tenía los pies protegidos sólo por unas delgadas zapatillas; añada a esto un profundo corte bajo una oreja, que sólo el frío impedía que sangrara profusamente, una cara pálida, arañada y con contusiones y un cuerpo que apenas podía sostenerse de fatiga, y podrá usted imaginarse que mi primer susto no se alivió mucho cuando pude examinarla con calma.

—¡Mi querida señorita! —exclamé—. No me moveré de aquí, ni escucharé nada hasta que se haya quitado toda la ropa y se haya puesto otra seca, y ciertamente no irá a Gimmerton esta noche, así que huelga pedir el coche.


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