Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas Los doce años que siguieron a aquella triste época —continuó la señora Dean— fueron los más felices de mi vida. Mis mayores preocupaciones durante su transcurso procedieron de las insignificantes enfermedades que nuestra señorita tuvo que sufrir como todos los niños, ricos y pobres. Por lo demás, después de los seis primeros meses creció como un alerce y andaba y hablaba, a su manera, antes de que el brezo floreciera por segunda vez sobre las cenizas de la señora Linton. Era la criatura más encantadora que trajera jamás la alegría a una casa desolada. De cara, una verdadera belleza, con los hermosos ojos negros de los Earnshaw, pero con la tez blanca, los rasgos finos y el rizado pelo rubio de los Linton. Tenía un carácter altivo, pero no rudo, y matizado por un corazón sensible y vivo hasta el extremo en sus afectos. Esa capacidad para intensos afectos me recordaba a su madre, pero no se parecía a ella, porque sabía ser tan suave y mansa como una paloma y tenía una voz dulce y una expresión pensativa. Su ira no era nunca furiosa, ni su amor violento, sino profundo y tierno. Sin embargo, hay que reconocer que tenía defectos que empañaban sus cualidades. Uno era la propensión a la insolencia, y una aviesa voluntad que adquieren invariablemente los niños mimados, tengan buen o mal genio. Si por casualidad un criado la irritaba, siempre soltaba: «¡Se lo diré a papa!». Y cuando éste la reprendía, aunque fuera con la mirada, cualquiera diría que aquello era una tragedia. No creo que le dijera nunca una palabra dura. Se encargó por completo de su enseñanza, y lo convirtió en una diversión. Por fortuna, la curiosidad y una viva inteligencia hicieron de ella una buena estudiante que aprendía con rapidez y entusiasmo, haciendo honor a su maestro.
