Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas Una carta ribeteada de negro anunció la llegada de mi amo. Isabella había muerto y me escribía para que vistiera de luto a su hija y dispusiera una habitación, y todo lo necesario, para su joven sobrino. Catherine estaba loca de alegría ante la idea de volver a ver a su padre y se entregó a las más optimistas previsiones sobre las innumerables excelencias de su «verdadero» primo. Llegó la tarde de su esperado regreso. Desde temprano por la mañana había estado ocupada ordenando sus pequeños asuntos, y ahora, vestida con su nuevo traje negro —pobrecita, la muerte de su tía no le había causado ningún dolor especial—, me obligó, molestándome constantemente, a atravesar con ella la finca para recibirles.
—Linton tiene exactamente seis meses menos que yo —parloteaba, mientras caminábamos tranquilamente por los altibajos del musgoso césped a la sombra de los árboles—. ¡Qué delicia será tenerle de compañero de juego! La tía Isabella mandó a papá un precioso rizo de su pelo. Era más claro que el mío… más rubio, e igualmente fino. Lo conservo cuidadosamente en una cajita de cristal y a menudo he pensado qué placer sería ver a su dueño. ¡Oh, qué feliz soy… y papá, querido, querido papá! ¡Vamos, Ellen, corramos, corramos!
