Cumbres Borrascosas

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—Y tú, tú, nulidad… —estalló cuando yo entraba, dirigiéndose a su nuera y empleando epítetos tan inofensivos como «pato» o «cordero», pero que generalmente se representan con puntos suspensivos—. ¡Ya estás con tus trucos para no hacer nada! ¡Los demás se ganan el pan… tú vives de mi caridad! Deja esa basura y ponte a hacer algo. Me tendrás que pagar por el castigo de tenerte siempre ante mi vista… ¿Me oyes, maldita desgraciada?

—Dejaré esta basura porque usted puede obligarme si me niego —contestó la joven, cerrando el libro y tirándolo en una silla—. Pero, por más juramentos que eche, no haré sino lo que me plazca.

Heathcliff levantó la mano y ella, que evidentemente conocía su peso, saltó a una distancia más segura. Como no tenía ningún interés en entretenerme con una pelea de perros y gatos, me adelanté con energía, como deseoso de participar del calor del hogar y fingiendo no saber nada de la interrumpida disputa. Ambos tuvieron el suficiente decoro como para suspender las hostilidades. Heathcliff, para evitar la tentación, se metió los puños en los bolsillos. La señora Heathcliff frunció los labios y se retiró a un asiento apartado, en donde cumplió su palabra haciendo el papel de estatua el resto del tiempo que estuve allí. No fue mucho. Rehusé desayunar con ellos y, al primer brillo del alba, aproveché la oportunidad de escapar al aire libre, ahora claro, tranquilo y frío como hielo impalpable.


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