Cumbres Borrascosas

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Se lo llevé y le repetí el mensaje, ansiosamente vigilada por mi ama. Hareton no abría las manos, así que se lo dejé en las rodillas. No lo tiró tampoco. Yo volví a mi trabajo. Catherine apoyó la cabeza y los brazos en la mesa, hasta que oyó el más ligero crujir de la envoltura al ser retirada. Entonces se escabulló y silenciosamente se sentó junto a su primo. Él temblaba y el rostro le ardía. Toda su rudeza y hosca aspereza le habían abandonado. Al principio no pudo armarse de valor para pronunciar una sílaba en respuesta a su inquisitiva mirada y a la petición que le susurró.

—Dime que me perdonas, Hareton, dilo. Podrías hacerme tan feliz con esa sola palabra.

Él masculló algo inaudible.

—¿Serás mi amigo? —añadió inquisitivamente Catherine.

—No. Te avergonzarás de mí todos los días de tu vida —respondió él—, y más cuanto más me conozcas, y no puedo sufrirlo.

—¿Entonces no quieres ser mi amigo? —dijo ella con una sonrisa más dulce que la miel y acercándosele más.

No oí bien el resto de la conversación, pero, al mirar allá de nuevo, vi dos caras tan radiantes inclinadas sobre la página del libro aceptado, que no dudé de que el acuerdo había sido ratificado por ambas partes y que los enemigos eran fieles aliados a partir de entonces.


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