Cumbres Borrascosas

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—No sabía que te habías puesto de mi parte —respondió ella secándose los ojos—. Yo era muy desdichada y sentía rencor contra todo el mundo, pero ahora te doy las gracias y te pido que me perdones. ¿Qué más puedo hacer?

Volvió al hogar y con sinceridad le tendió la mano. Él se ensombreció y frunció el ceño como nube de tormenta, manteniendo los puños resueltamente cerrados y la vista fija en el suelo. Catherine, por instinto, debió de adivinar que era terca maldad, no desagrado, lo que le incitaba a aquella obstinada conducta, porque, tras permanecer indecisa un rato se agachó y depositó en su mejilla un tierno beso. La picarona creyó que yo no la había visto, y, retrocediendo, volvió a su sitio anterior junto a la ventana, muy recatada. Moví la cabeza en señal de reprobación, y entonces se sonrojó y me susurró:

—¡Bueno!, ¿qué debía hacer, Ellen? No me daba la mano ni me miraba. Tengo que mostrarle de alguna manera que le quiero… que quiero hacer las paces.

Si el beso convenció a Hareton, no lo puedo decir. Durante unos minutos tuvo mucho cuidado para que no se le viera la cara y, cuando la levantó, estaba muy perplejo y dudaba adónde dirigir la mirada.


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