Cumbres Borrascosas

Cumbres Borrascosas

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Cuando ese leve desacuerdo concluyó, volvieron a ser uña y carne y a ocuparse todo lo posible en sus distintas tareas de alumno y profesor. Fui a sentarme con ellos después de terminar mi trabajo y me sentí tan tranquilizada y aliviada al contemplarles, que no me di cuenta de cómo pasaba el tiempo. Sabe que los dos parecían, en cierto sentido, hijos míos. Hacía tiempo que estaba orgullosa de uno, y ahora, estaba segura, el otro sería fuente de igual satisfacción. Su naturaleza honrada, afectuosa e inteligente, se sacudió muy pronto las nubes de ignorancia y degradación en las que se había criado, y los sinceros elogios de Catherine actuaron como un acicate para su trabajo. Al despejarse su mente se le iluminaron las facciones y añadieron ánimo y nobleza a su aspecto. Apenas podía creer que fuera la misma persona que había visto el día que encontré a mi señorita en Cumbres Borrascosas después de su expedición al Risco. Mientras yo les admiraba y ellos trabajaban, cayó la noche y con ella volvió el amo. Se nos presentó de forma totalmente inesperada, entrando por la puerta principal y tuvo una visión plena de los tres antes de que nosotros pudiéramos levantar la cabeza para mirarle. Bueno, reflexioné, jamás hubo un espectáculo más agradable y más inocente, y sería absolutamente vergonzoso reñirles. La roja luz del fuego brillaba en sus dos bonitas cabezas y revelaba unos rostros animados por el ávido interés de los niños, pues aunque él tenía veintitrés años y ella dieciocho, cada uno de ellos tenía tantas novedades que sentir y aprender, que ni experimentaban, ni traslucían, los sentimientos de la madurez sobria y desencantada.


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