Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas Con el paso del tiempo el señor Earnshaw empezó a decaer. Había sido activo y saludable, pero sus fuerzas le abandonaron de repente y, cuando se quedó confinado a un rincón de la chimenea, se volvió terriblemente irritable. Se enojaba por nada y los supuestos desaires a su autoridad casi le sacaban de quicio. Esto era especialmente notorio cuando alguien intentaba imponerse o avasallar a su favorito. Era celoso hasta la exasperación para que no se le dijera una palabra indiscreta, y parecía que se le había metido en la cabeza la idea de que, como él quería a Heathcliff, todos le odiaban y estaban deseando jugarle alguna mala pasada. Esto representaba una desventaja para el muchacho, porque como los más amables de nosotros no queríamos irritar al amo, le seguíamos la corriente en su parcialidad, y esa actitud daba más pábulo al orgullo y mal genio del chico. Pero, de algún modo, se convirtió en algo necesario: dos o tres veces las muestras de desprecio de Hindley estando su padre cerca provocaron la ira del viejo, que cogió su bastón para pegarle y tembló de rabia al no poder hacerlo.
Al fin, nuestro coadjutor (teníamos entonces un coadjutor que completaba su estipendio dando clase a los pequeños Linton y Earnshaw y cultivando personalmente un pedacito de tierra) aconsejó que se enviara a Hindley a la universidad, y el señor Earnshaw accedió, aunque con poco convencimiento, porque decía:
