Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas El señor Hindley vino a casa para el funeral y —lo que nos asombró a todos e hizo que los vecinos se pusieran a chismorrear a diestro y siniestro— se trajo con él una esposa. Quién era y dónde había nacido nunca nos lo dijo. Probablemente no tenía ni dinero, ni apellido que la recomendaran, de lo contrario, difícilmente le hubiera ocultado el enlace a su padre.
No era mujer para que se perturbara mucho la casa por su cuenta. Todo lo que veía, desde el momento que cruzó el umbral, parecía encantarle, y también todo lo que sucedía a su alrededor, salvo los preparativos para el entierro y los asistentes de luto. Por su comportamiento en aquella situación pensé que era medio tonta. Se metió corriendo en su cuarto y me hizo ir con ella, aunque yo debía estar vistiendo a los niños, y allí se sentó temblando, retorciendo las manos y preguntando una y otra vez:
—¿No se han ido aún?
