Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas —No pretendÃa reÃrme de ti —dijo ella—. No pude evitarlo. Heathcliff, dame la mano, al menos. ¿Por qué estás enfadado? Sólo era que tenÃas un aspecto raro. Si te lavas la cara y te peinas estarás muy bien. ¡Pero estás tan sucio!
Miró con inquietud aquellos dedos morenos que tenÃa entre los suyos y también su vestido, que se temÃa que no habÃa ganado ningún adorno en contacto con el de él.
—No tenÃas por qué tocarme —respondió él, siguiendo su mirada y retirando bruscamente la mano—. Estaré tan sucio como me dé la gana. Me gusta estar sucio y lo estaré.
Y diciendo eso salió precipitadamente de la habitación, con la cabeza por delante, entre el regocijo de los amos y la seria confusión de Catherine que no acababa de comprender que sus observaciones hubieran podido producir tal explosión de mal genio.