Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas En esas circunstancias me quedé sola. Olí el rico aroma de las especias que se estaban cociendo, admiré los brillantes utensilios de cocina, el pulido reloj cubierto de acebo, las jarras de plata alineadas en una bandeja, listas para que las llenaran de cerveza caliente y azucarada, y sobre todo la limpieza inmaculada del objeto especial de mis cuidados, el suelo bien barrido y fregado. Le di interiormente a cada cosa su debido aplauso, y entonces recordé cómo el viejo Earnshaw acostumbraba a entrar cuando todo estaba en orden, me decía que era una chica valiente y deslizaba en mi mano un chelín como aguinaldo de Navidad. Y de ahí pasé a pensar en su cariño por Heathcliff, y el temor a que se le descuidara cuando él desapareciera, y eso, naturalmente, me llevó a considerar la situación del pobre chico en aquel momento, y de las canciones cambié a las lágrimas. Pronto se me ocurrió, sin embargo, que sería más sensato tratar de reparar alguna de sus injusticias que verter lágrimas sobre ellas. Me levanté y fui al patio a buscarle. No estaba lejos, lo encontré en el establo alisando el lustroso pelo del poni nuevo y dando de comer a los otros animales, como de costumbre.