El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita —¡Un sillón! —ordenó Voland en voz baja, y no sabemos de dónde surgió en el escenario un sillón, y el mago se sentó en él—. Dime, amable Fagot —preguntó Voland al payaso a cuadros, que, por lo visto, tenía otro nombre además de Koróviev—, tú que crees, ¿ha cambiado mucho la población de Moscú?
El mago miró al público, que permanecía en silencio sorprendido por el sillón que había aparecido de repente.
—Eso es, messere —contestó en voz baja Fagot Koróviev.
—Tienes razón. Los ciudadanos han cambiado mucho…, quiero decir en su aspecto exterior…, como la ciudad misma. Ya no hablo de la indumentaria, pero han aparecido esos…, ¿cómo se llaman?…, tranvías, automóviles…
—Autobuses —le ayudó Fagot con respeto.
El público escuchaba atentamente la conversación suponiendo que era el preludio de los trucos. Entre bastidores se habían amontonado tramoyistas, electricistas, actores, y, entre ellos, asomaba la cara, pálida y alarmada, de Rimski.
Bengalski se había instalado en un extremo del escenario y parecía estar muy sorprendido. Levantó una ceja y, aprovechando una pausa, habló: