El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita »¡Qué locura! Estoy convencido de que al salir de la ciudad me habrÃa helado, pero me salvé por una casualidad. Algo se habÃa estropeado en el camión. Me acerqué al conductor —estaba a unos cuatro kilómetros de la ciudad— y me llevé la sorpresa de que se apiadara de mÃ. El camión venÃa al sanatorio y me trajo. Fue una suerte. TenÃa congelados los dedos del pie izquierdo. Me los curaron. Y hace ya cuatro meses que estoy aquÃ. La verdad, encuentro que no se está nada mal. ¡Nunca se deben hacer planes a largo plazo, querido vecino! Yo mismo querÃa haber recorrido el mundo entero; pero Dios no lo ha querido asÃ. Sólo veo una Ãnfima parte de esta tierra. Supongo que no es la mejor, pero no se está mal del todo. Se acerca el verano, Praskovia Fédorovna ha prometido que los balcones se cubrirán de hiedra. Sus llaves me han servido para ampliar posibilidades. Habrá luna por las noches. ¡Oh! ¡Se ha ido! ¡Qué fresco hace! Es más de medianoche. Tengo que irme.
—DÃgame, por favor, ¿qué pasó con Joshuá y Pilatos? —le pidió Iván—. Quiero saberlo.
—¡Oh, no! —respondió el huésped estremeciéndose de dolor—, no puedo recordar mi novela sin ponerme a temblar. Su amigo, el de «Los Estanques del Patriarca», lo sabe mucho mejor que yo. Gracias por su compañÃa. Adiós.