El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita A Rimski, como suele decirse, le fallaron los nervios, y sin esperar a que terminaran de extender el acta, salió disparado hacia su despacho. Sentado a su mesa, no dejaba de mirar, con ojos irritados, los mágicos billetes de diez rublos. Al director de finanzas se le iba la cabeza. Llegaba de fuera un ruido monótono. Del Varietés salÃan a la calle verdaderos torrentes de gente, y al oÃdo de Rimski, extraordinariamente aguzado, llegaron los silbatos de los milicianos. Nunca presagiaban nada bueno, pero cuando el silbido se repitió y se le unió otro prolongado y autoritario, acompañado de exclamaciones y risotadas, comprendió que en la calle estaba pasando algo escandaloso y desagradable y que, por muchas ganas que tuviera de ignorarlo, debÃa estar estrechamente ligado a la desafortunada sesión que el nigromante y sus ayudantes llevaran a cabo.
Y el sensitivo director de finanzas no se equivocó ni un ápice. Bastó una mirada por la ventana para hacerle cambiar de expresión y gruñir:
—¡Ya lo sabÃa yo!
