El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita Con manto blanco forrado de rojo sangre, arrastrando los pies como hacen todos los jinetes, apareció a primera hora de la mañana del dÃa catorce del mes primaveral Nisán, en la columnata cubierta que unÃa las dos alas del palacio de Herodes el Grande, el quinto procurador de Judea, Poncio Pilatos.
El procurador odiaba más que nada en este mundo el olor a aceite de rosas, y hoy todo anunciaba un mal dÃa, porque ese olor habÃa empezado a perseguirle desde el amanecer.
Le parecÃa que los cipreses y las palmeras del jardÃn exhalaban el olor a rosas, y que el olor a cuero de las guarniciones y el sudor de la escolta se mezclaba con aquel maldito efluvio.
Por la glorieta superior del jardÃn llegaba a la columnata una leve humareda que procedÃa de las alas posteriores del palacio, donde se habÃa instalado la primera cohorte de la duodécima legión Fulminante, que habÃa llegado a JershalaÃm con el procurador. El humo amargo que indicaba que los rancheros de las centurias empezaban a preparar la comida se unÃa también al grasiento olor a rosas.
«¡Oh dioses, dioses! ¿Por qué este castigo?… SÃ, no hay duda, es ella, ella de nuevo, la enfermedad terrible, invencible… la hemicránea, cuando duele la mitad de la cabeza, no hay remedio, no se cura con nada… Trataré de no mover la cabeza…».
