El Maestro y Margarita

El Maestro y Margarita

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Kanavkin, que no se esperaba este viraje, se estremeció y en la sala se hizo un silencio.

—Oiga, Kanavkin… —dijo el presentador con una mezcla de reproche y cariño—, ¡yo que estaba tan contento con usted! ¡Y que de pronto se me tuerce! ¡Es absurdo, Kanavkin! Acabo de hablar de los ojos. Sí, veo que su tía también tiene algo. ¿Por qué nos hace perder la paciencia?

—¡Sí tiene! —gritó Kanavkin con desparpajo.

—¡Bravo! —gritó el presentador.

—¡Bravo! —aulló la sala.

Cuando todos se hubieron calmado, el presentador felicitó a Kanavkin, le estrechó la mano, le ofreció su coche para llevarle a casa y ordenó a alguien entre bastidores que el mismo coche fuera a recoger a la tía, invitándola a que se presentara en el auditorio femenino.

—Ah, sí, quería preguntarle, ¿no le dijo su tía dónde guardaba el dinero? —preguntó el presentador ofreciendo a Kanavkin un cigarrillo y fuego.

Éste sonrió con cierta angustia mientras lo encendía.


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