El Maestro y Margarita

El Maestro y Margarita

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La infantería romana lo estaba pasando peor aún que los soldados de caballería. El centurión Matarratas sólo permitió a sus soldados quitarse los yelmos y cubrirse la cabeza con bandas blancas mojadas en agua, pero les obligaba a permanecer de pie, con las lanzas en mano. Él mismo, con una banda seca en la cabeza, se movía junto al grupo de verdugos sin quitarse el peto con cabezas doradas de león, las espinilleras, la espada y el cuchillo. El sol caía sobre el centurión sin hacerle ningún daño, y no se podía mirar a las cabezas de león que hervían al sol y quemaban los ojos con su reflejo.

El rostro desfigurado de Matarratas no expresaba cansancio ni descontento, y daba la impresión que el centurión gigante era capaz de seguir caminando durante todo el día, la noche y el día siguiente, todo el tiempo que fuera necesario. Seguía andando de la misma manera, con las manos en el pesado cinturón con chapas de cobre, dirigiendo severas miradas a los postes de los ejecutados o a los soldados en cadena, dando patadas con la misma indiferencia, con su calzado de cuero, a los huesos humanos blanqueados por el tiempo y a los pequeños sílices que encontraba a su paso.

El hombre del capuchón se había situado cerca de los maderos, en una banqueta de tres patas, permanecía inmóvil, apacible, aunque de vez en cuando revolvía aburrido la arena con una ramita.


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