El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita El profesor cambió de intención, y en vez de marcar el número del profesor Buré, llamó al puesto de sanguijuelas, diciendo que el profesor Kusmín necesitaba que le mandaran urgentemente a casa unas sanguijuelas. Cuando colgó el auricular y se volvió hacia la mesa, se le escapó un alarido. Una mujer vestida de enfermera, con una bolsa en la que se leía «Sanguijuelas», estaba sentada en la mesa. El profesor, mirándole a la boca, dio un grito: tenía boca de hombre, torcida, hasta las orejas, con un colmillo saliente. Los ojos de la enfermera eran los de un cadáver.
—Vengo a recoger el dinerito —dijo la enfermera con voz de bajo—, no va a estar rodando por aquí. —Agarró las etiquetas con una pata de pájaro y empezó a esfumarse en el aire.
Pasaron dos horas. El profesor Kusmín estaba sentado en la cama de su dormitorio, con las sanguijuelas colgándole de las sienes, de detrás de las orejas y del cuello. Sentado a los pies de la cama en un edredón de seda, el profesor Buré, con su bigote blanco, miraba a Kusmín compasivamente y le decía que todo había sido una tontería. A través de la ventana se veía la noche.