El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita Primero apareció un miliciano a caballo, que avanzaba a paso lento junto a la reja del parque; le seguían tres milicianos a pie. Luego venía un camión con los músicos y detrás un coche funerario nuevo, abierto, con un ataúd cubierto de coronas y cuatro personas en las esquinas: tres hombres y una mujer. A pesar de la distancia, Margarita pudo ver que la gente que acompañaba al difunto en su último viaje parecía desconcertada, sobre todo la ciudadana que iba detrás. Daba la impresión que los carrillos gruesos de la ciudadana estaban hinchados por un secreto emocionante y sus ojos abotargados lanzaban chispitas. Faltaba poco para que guiñara el ojo hacia el difunto, diciendo: «¿Han visto algo semejante? ¡Es increíble!». Las trescientas personas que avanzaban a paso lento detrás del coche, tenían la misma expresión de desconcierto.
Margarita seguía con los ojos el cortejo, escuchando el triste ruido, cada vez más débil, de los tambores que repetían el mismo sonido: «Bums, bums, bums». Pensaba: «¡Qué entierro tan extraño… y qué tristeza en ese “bums”! Creo que sería capaz de venderle mi alma al diablo por saber si está vivo o muerto… Me gustaría saber a quién van a enterrar».
—A Mijaíl Alexándrovich Berlioz —se oyó a su lado una voz de hombre, algo nasal—, al presidente de MASSOLIT.