El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita —Cuanto más hablo con usted —respondió Voland con amabilidad—, más me convenzo de que usted es muy inteligente. La voy a tranquilizar. Es sorprendentemente imparcial y apoya a las dos partes contrincantes en la misma medida. Por consiguiente, el resultado es siempre el mismo para ambas partes. ¡Abadonna! —dijo Voland con voz baja, y de la pared salió un hombre delgado con unas gafas oscuras que impresionaron profundamente a Margarita, tanto que dio un grito y escondió la cara en el hombro de Voland—. ¡Por favor! —gritó Voland—, ¡qué nerviosa es la gente de ahora! —y le dio a Margarita una palmada en la espalda que resonó en todo su cuerpo—. ¿No ve que lleva gafas? Además, no ha ocurrido, ni nunca ocurrirá, que Abadonna aparezca delante de alguien antes de tiempo. Al fin y al cabo estoy aquà yo. ¡Y usted es mi invitada! QuerÃa presentárselo, nada más.
Abadonna estaba inmóvil.
—¿PodrÃa quitarse las gafas un segundo? —preguntó Margarita, arrimándose a Voland y estremeciéndose, pero ahora de curiosidad.
—Eso es imposible —dijo Voland seriamente. Hizo un gesto a Abadonna y éste desapareció.
—¿Qué quieres, Asaselo?