El Maestro y Margarita

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25. Cómo el procurador intentó salvar a Judas de Kerioth

La oscuridad que llegaba del mar Mediterráneo cubrió la ciudad, odiada por el procurador. Desaparecieron los puentes colgantes que unían el templo y la terrible torre Antonia, descendió un abismo del cielo que cubrió los dioses alados del hipódromo, el Palacio Hasmoneo con sus aspilleras, bazares, caravanas, callejuelas, estanques… Desapareció Jershalaím, la gran ciudad, como si nunca hubiera existido. Todo se lo había tragado la oscuridad, y en Jershalaím y sus alrededores no quedaba ser viviente que no se hubiera asustado. Una extraña nube había llegado del mar al atardecer del día catorce del mes primaveral Nisán.

Cubrió con su panza el monte Calvario, donde los verdugos se apresuraban a matar a los condenados, se echó sobre el templo de Jershalaím, se arrastró en forma de espumosos torrentes desde el monte hasta cubrir la Ciudad Baja. Entraba por las ventanas, empujaba a las gentes de las torcidas callejuelas a sus casas. No tenía prisa en soltar el agua que llevaba acumulada, pero sí la luz. Cuando el vaho negro y humeante se deshacía en fuego, se alzaba de la oscuridad el bloque inmenso del templo, cubierto de escamas brillantes. Pero al instante se apagaba, y el templo volvía a sumergirse en un oscuro abismo. Aparecía y desaparecía, se hundía, y a cada hundimiento seguía un estruendo de catástrofe.


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