El Maestro y Margarita

El Maestro y Margarita

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Ya no se sentaba en el sillón. Estaba recostado en un triclinio, junto a una mesa baja repleta de manjares y jarras de vino. Había otro lecho vacío al otro lado de la mesa. A los pies del procurador había un charco rojo, como de sangre, y pedazos de una jarra rota. El criado, que antes de la tormenta estuvo poniendo la mesa para el procurador, se había azorado bajo su mirada, temiendo haberle disgustado por alguna razón. El procurador se enfadó, rompió el jarrón contra el suelo de mosaico y le dijo:

—¿Por qué no miras a la cara cuando sirves? ¿Es que has robado algo?

La cara del africano adquirió un tono grisáceo, en sus ojos apareció un terror animal, empezó a temblar y poco faltó para que rompiera otro jarrón, pero la ira del procurador desapareció con la misma rapidez con que había venido. El africano corrió a recoger los restos del jarrón y a limpiar el charco, pero el procurador le despidió con un gesto, y el esclavo saltó corriendo. El charco había quedado ahí.

Durante el huracán el africano se había escondido junto a un nicho en el que había una estatua de mujer blanca y desnuda, con la cabeza inclinada. Tenía miedo de que el procurador le viera y de no acudir a tiempo a su llamada.


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