El Maestro y Margarita

El Maestro y Margarita

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Arcadio Apolónovich no tardó un segundo, tampoco un minuto, sino un cuarto de minuto en llegar al aparato, con un pie descalzo y en paños menores. Pronunció con voz entrecortada:

—Sí, soy yo… Dígame…

Su esposa olvidó todos los repugnantes atentados contra la fidelidad que se habían descubierto en la conducta del pobre Arcadio Apolónovich. Asomaba su cara asustada por la puerta del pasillo y agitaba en el aire la otra zapatilla diciendo:

—Ponte la zapatilla, que te vas a enfriar —pero Arcadio Apolónovich la rechazaba con el pie descalzo, ponía ojos furiosos y seguía murmurando por teléfono:

—Sí, sí…, cómo no…, ya comprendo; ahora mismo voy…

Arcadio Apolónovich pasó toda la tarde en el lugar donde se llevaba la investigación.

La conversación fue muy penosa, desagradable, porque tuvo que contar con toda franqueza no sólo lo referente a la repugnante sesión y la pelea en el palco, sino que también, de paso, se vio obligado a hablar de Militsa Andréyevna Pokobatko, la de la calle Yelójovskaya, de la sobrina de Sarátov y de muchas cosas, y el hablar de ello causó a Arcadio Apolónovich unos sufrimientos inenarrables.


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