El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita Se levantará del banco, amenazará con el puño la ventana que se cierra y se irá a casa de mala gana.
—¡Miente, miente! Oh dioses, ¡cómo miente! —murmura Iván Nikoláyevich, alejándose de la reja—. No es el aire el que le atrae al jardÃn, algo ve en estas noches primaverales de luna llena, algo ve en la misma luna y en lo alto del palacete. ¡Cuánto darÃa yo por conocer su secreto, por saber quién es aquella Venus que ha perdido y ahora busca en el aire, alzando los brazos!
El profesor vuelve a su casa completamente enfermo. Su mujer hace que no se da cuenta de su estado y le mete prisas para que se acueste. Pero ella no se acuesta: se queda sentada, leyendo junto a una lámpara, mirándole con amargura. Sabe que al amanecer Iván Nikoláyevich se despertará con un grito de dolor, empezará a agitarse, llorando. Por eso ella tiene preparada bajo la lámpara una jeringuilla en alcohol y una ampolla llena de lÃquido color té.
La pobre mujer, atada al hombre gravemente enfermo, ya puede dormirse. Después de la inyección Iván Nikoláyevich dormirá hasta la mañana con expresión feliz, soñando con algo que ella desconoce, algo precioso y elevado.