El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita —SĂ, eran casi las diez de la mañana, respetable Iván Nikoláyevich —dijo el profesor.
El poeta se frotĂł la cara con la mano, como si acabara de despertar, y observĂł que ya habĂa caĂdo la tarde sobre los «Estanques». Una barca ligera se deslizaba por el agua, ya en sombra, y se oĂa el chapoteo de los remos y las risas de una ciudadana. Los bancos de los bulevares se habĂan ido poblando, pero siempre en los otros tres lados del cuadrado, dejando solos a nuestros conversadores.
El cielo de MoscĂş estaba descolorido, la luna llena todavĂa no era dorada, sino muy blanca. Se respiraba mejor y sonaban mucho más suaves las voces bajo los tilos: eran voces nocturnas.
«¡Cómo se pasó el tiempo!… Y nos ha largado toda una historia —pensó Desamparado—. ¡Si es casi de noche!… A lo mejor no ha contado nada. ¿No lo habré soñado?».
Tenemos que suponer que realmente el profesor les habĂa contado todo aquello, de otro modo habrĂamos de admitir que Berlioz habĂa soñado lo mismo, porque, mirando fijamente al extranjero, dijo:
—Su relato es extraordinariamente interesante, profesor, pero no coincide ni lo más mĂnimo con el Evangelio.