El Maestro y Margarita

El Maestro y Margarita

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3. La séptima prueba

—Sí, eran casi las diez de la mañana, respetable Iván Nikoláyevich —dijo el profesor.

El poeta se frotó la cara con la mano, como si acabara de despertar, y observó que ya había caído la tarde sobre los «Estanques». Una barca ligera se deslizaba por el agua, ya en sombra, y se oía el chapoteo de los remos y las risas de una ciudadana. Los bancos de los bulevares se habían ido poblando, pero siempre en los otros tres lados del cuadrado, dejando solos a nuestros conversadores.

El cielo de Moscú estaba descolorido, la luna llena todavía no era dorada, sino muy blanca. Se respiraba mejor y sonaban mucho más suaves las voces bajo los tilos: eran voces nocturnas.

«¡Cómo se pasó el tiempo!… Y nos ha largado toda una historia —pensó Desamparado—. ¡Si es casi de noche!… A lo mejor no ha contado nada. ¿No lo habré soñado?».

Tenemos que suponer que realmente el profesor les había contado todo aquello, de otro modo habríamos de admitir que Berlioz había soñado lo mismo, porque, mirando fijamente al extranjero, dijo:

—Su relato es extraordinariamente interesante, profesor, pero no coincide ni lo más mínimo con el Evangelio.


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