Don Juan
Don Juan He de afirmar que la bella Sultana tenía razón y tengo que aconsejar a los que se encuentren en iguales circunstancias que ella que aprovechen su tiempo, sobre todo, si viven en un país meridional, puesto que, entre nosotros, en general, hay menos prisa para eso. Pero en los climas del mediodía, toda dilación es un crimen. Como mucho favor no se conceden más que dos minutos o tres para preparar el asunto, y la tardanza de un momento más menoscaba la buena fama de cualquiera.
La reputación de Juan como amador era bastante buena y aún, dada su juventud, hubiera podido mejorarse, pero se le había metido Haida en la cabeza, y por extraño que fuera frente a una mujer como Gulbeyaz, no podría olvidarla, lo que le hacía parecer muy mal educado. La Sultana, que lo consideraba como deudor suyo por haberlo traído a su palacio, empezó a ruborizarse hasta el blanco de los ojos, empalideció después rápida e intensamente, volvió a ruborizarse, tornó a ponerse pálida, y luego se ruborizó de nuevo. Finalmente, colocó sus manos entre las de él y le dirigió una tierna mirada, con ojos que no necesitaban nada para persuadir al menos propicio, buscando el amor en los suyos; pero no lo encontró. Su frente se obscureció entonces, pero se abstuvo de toda amenaza, porque esto es lo último que hace una mujer verdaderamente altiva. Se separó de Juan y fue a reclinarse sobre su lecho.