Don Juan
Don Juan Cantemos los amores feroces y los combates infieles. Cantemos las hazañas y los cañonazos que hicieron famoso el sitio de una fortaleza llamada Ismail, sitio que fue sostenido, al frente de sus ejércitos, por el bravo general Suvaroff, guerrero, aficionado a la sangre, como los alemanes a la cerveza. La fortaleza lo era de primer orden y guarnecía todo un arrabal de la ciudad. Su foso era profundo, como el mar mismo, y sus murallas se elevaban a una altura, de la cual no quisierais por cierto veros ahorcados.
La mañana de nuestro relato, los ejércitos rusos se hallaban dispuestos para el asalto de la ciudadela. ¡Ay! ¿Qué he de hacer para poder citar los gloriosos nombres de sus generales, todos a las órdenes del inmarcesible Suvaroff? ¿Qué ortografía y qué esfuerzo no serán necesarios para introducir sus inmortales nombres en mis versos? Sin embargo, he de citar algunos. Strongenoff, Strokonoff, Meknoff, Sergio Loff, Arsnieuw, de la Grecia moderna; Tchitsshakoff, Rokenoff, Chokenoff y otros de doce consonantes para una vocal, de los cuales harían mención, si pudiera sacarlos del olvido. Entre todos ellos había también extranjeros ilustres, voluntarios que combatían contra el turco; ingleses inmortales, de los cuales dieciséis se llaman Thompson y diecinueve se llamaban Smith; franceses valientes, jóvenes y alegres; españoles, alemanes, y diversas mezclas de europeos.