Don Juan
Don Juan Don Juan fue enviado a Cádiz, ciudad, hermosa, que el que ve una vez no olvida nunca. Puerto y mercado de todo el comercio de las colonias de Ultramar, Cádiz cruje y ríe, llena de vida. Hay allí unas muchachas tan dulces, quiero decir, unas señoras tan amables y graciosas, que sólo el aire que las envuelve hace palpitar el corazón más viejo. ¿A qué compararlas? No he visto cosa alguna en la tierra que se las parezca. Un caballo árabe, un ciervo ágil, un pájaro imposible, un leopardo ondulante, una tierna gacela… todo ello unido, es inferior a ellas. Y su vestido, su mantilla, su corpiño, su falda, sus suaves pies diminutos, sus lindos tobillos, guardados en la seda de las medias… ¡Ay! Sería preciso un libro entero para poder haceros la pintura de tan bellas Evas. ¡Qué admirable cuadro presentan estas vírgenes de España, cuando separan un momento su mantilla con mano delicada y lanzan una mirada que hace perder el color al rostro e inflama el corazón! Mas don Juan no llegó a Cádiz, sino para embarcar. Los proyectos de su madre no eran otros que éstos. Era preciso que don Juan emprendiese un largo viaje por mar, que debía durar cuatro largos años. Y así a poco de llegar, don Juan embarcó, y ahora le vemos sobre la cubierta contemplando la tierra que se aleja, haciendo quizá su última despedida a España.